Tu viaje al país del sol naciente te convertirá en espectadora de excepción de un escenario sin precedentes. Asistirás en primera fila a unas de las combinaciones culturales más espectaculares a lo largo y ancho del planeta. Tradición y vanguardia caminan de la mano para dar forma a metrópolis futuristas, que albergan en su seno pequeños pueblos rurales rodeados de templos antiguos entre frondosos bosques.
Uno de los lugares que no puedes dejar de visitar si finalmente decides coger un avión hasta el país oriental, es su capital, Tokio. Lejos de ser una ciudad totalmente homogénea, se asemeja más bien a una serie de pequeñas urbes o barrios de caracteres muy distintos. Para evitar que te pierdas algún que otro detalle, te aconsejamos que tomes la línea de tren Yamanote, cuyas paradas incluyen los principales puntos turísticos de la ciudad. En el corazón de Tokio se encuentra localizado el Palacio Imperial, residencia del soberano japonés y emplazamiento original del Castillo de Edo de los shogun Tokugaw, que dominaron Japón desde 1600 hasta el año 1867. Desgraciadamente no todo el enclave está abierto al público. A los edificios palaciegos y los jardines interiores sólo se permite la entrada el 2 de Enero y el 23 de Diciembre (cumpleaños del Emperador). Entonces, los turistas y oriundos de la zona aprovechan para ver a los miembros de la familia soberana japonesa en el balcón desde el que saludan a su pueblo.
Una vez superada la primera impresión, no sería mala idea que te desplazaras hacia Kyoto, que ocupó la sede del Imperio japonés del siglo VIII al XIX, lo que explica su aún desbordante riqueza cultural y belleza. Como muestra de ello, el Pabellón de Oro o Kinkaku-ji, uno de los 17 monumentos Patrimonio de la Humanidad que tendrás la oportunidad de visitar en tu ruta por el centro de la ciudad. Data del siglo XIV y tras el incendio de 1950 se reconstruyó de manera minuciosa cubriéndolo de nuevo con pan de oro. Una auténtica maravilla que el tiempo ha convertido en el máximo símbolo del lugar.
Amigables vecinos
Carente quizás del refinamiento de Kyoto o del futurismo de Tokio, Osaka representa una metrópoli dinámica cuyo principal atractivo no es otro que su gente. A pesar de que por todo es sabido que el comportamiento de los ciudadanos del país se enmarca dentro de unas férreas normas de educación y respeto, los habitantes de Osaka rompen esa frialdad y se convierten en ciudadanos abiertos y amantes del buen gusto. Presidiendo la ciudad, el castillo de Osaka-jo, junto al templo Shitenno-ji y la pagoda Sumiyoshi Taisha; el resto de la ciudad se completa con edificios posmodernos como el acuario Tempozan Harbour Village. Esta apertura del carácter de esta localidad ha propiciado la ubicación del museo de la Libertad por los Derechos Humanos.
Si después de todo este recorrido aún te quedan ganas de seguir impregnándote de cultura japonesa, no dudes en visitar Kamakura, una pequeña ciudad en la provincia de Chiba que se nutre de un importante pasado histórico y alberga la estatua de Buda más grande de todo el país. Aunque pequeña, cuenta con importantes templos de creencia budista como el Hachiman y el Myouhonji, sintoísta. Y aunque nada fáciles de encontrar porque suelen hallarse en jardines privados, existen cuevas artificiales en las que hace varios siglos se refugiaron los samurais. De hecho, aún hoy pueden contemplarse los escondites de estos guerreros, quienes excavaron sobre las rocas curiosos pasadizos secretos y escaleras.
Diversión asegurada
Durante tu viaje a Japón no sólo vas a tener la oportunidad de ver museos, templos y tiendas de lo más variadas, sino que vas a comprobar cómo cuando al caer el sol las ciudades japonesas se transforman ofreciendo una impresionante vida nocturna. En las grandes ciudades como Tokio o Kyoto existen determinadas zonas en las que durante la noche transforman sus calles en auténticas pasarelas de moda, donde las más jóvenes lucen prendas llenas de sofisticación. Además de numerosas discotecas, pubs, bares y todo tipo de locales, verás como los japoneses, una vez ponen punto y final a su jornada laboral, entran en pequeños restaurantes de comida rápida donde suelen reunirse con sus amigos para aliviar las tensiones de sus maratonianas jornadas.
Los fines de semana las calles se convierten en hervideros de gente dispuesta
a prolongar la diversión hasta altas horas de la mañana. ¿Sabes por qué? El servicio de metro o tren se suspende hasta las 6.00 aproximadamente, así es que los bares permanecen abiertos hasta primera hora, cuando el servicio público vuelve a funcionar.
Leyendas vivas
¿Quién no ha oído hablar de apasionantes historias protagonizadas por geishas y samurais? Convertidas en las últimas formas del arte viviente nipón, las geishas nacen en el siglo XVII como bailarinas y músicas que participaban en importantes banquetes y eran enormemente apreciadas por su educación y refinamiento. En sus orígenes, las aspirantes a geishas (maikos) eran vendidas por sus familias a las Okiya, donde se encargaban de su educación. Cada mañana, las maikos han de acudir –bajo la dirección de una madre o mama san- a las escuelas de geisha, donde a lo largo de tres años deben aprender el arte del baño, del peinado, del maquillaje, del baile, del canto, de la música, de la poesía, del ikebana o arte floral, de la caligrafía, sin olvidar, por supuesto, la ceremonia del té y la conversación. Por lo tanto, estas doncellas del placer se instruyen esencialmente para amenizar las diversiones y salidas del hombre japonés, que se celebran sin su esposa y que forman parte de sus relaciones laborales. En estos encuentros, las geishas bailan, cantan, recitan poemas, juegan al shamisen o sirven el té. Aunque el mundo de las geishas no muestra relación alguna con el de la prostitución, antaño sí era común que estas jóvenes tuvieran un danna o cliente habitual, del que se decía que había comprado la virginidad de la joven y que contaba con recursos suficientes como para financiar los costes de la educación tradicional y otros gastos considerables. La publicación de la novela ‘Memorias de una geisha’ generó gran polémica sobre este tema, normalmente acallado y negado por las novelas y los escritores románticos.
Los samurais, por su parte, surgieron en el Japón medieval al servicio de los señores feudales (daimyos) y pronto se convirtieron en refinados guerreros que cultivaron, además, la filosofía y la poesía. Vivían austeramente con desapego al mundo material. La lealtad a su amo y el sentido del honor eran los pilares fundamentales de su existencia. Su amor por lo que hacían era tal, que la katana, su arma de lucha, era cuidada como si de su propia alma se tratara. Esta pieza sagrada, fabricada por auténticos expertos en la materia que transmitían su arte de generación en generación, estaba presente en todos los actos de la vida del guerrero. Los samurais asumían que sus vidas serían breves y hermosas, por lo que en tiempos de paz no sólo empleaban su tiempo entrenándose como guerreros, sino que se ocupaban del arte y de la búsqueda espiritual. Morir en el campo de batalla era el mayor orgullo para el bushi o samurai, pero cuando esto no llegaba se mostraban dispuestos a dar su vida por su honor mediante el famoso ritual del hara-kiri.
Riqueza gastronómica
Comer en Japón es un auténtico deleite para los sentidos. Y es que como buenos herederos del budismo, para los japoneses cocinar está considerado más un arte que una necesidad en sí misma, por lo que durante tu estancia en el país quedarás gratamente sorprendida al sentarte frente a frente a sus creativos platos llenos de colores, sabores y texturas. En caso de que desconozcas la tradición culinaria del lugar, has de comenzar sabiendo que poseen un gusto elevado por la estética en la disposición de pequeñas raciones de platos y un cuidado supremo en el tratamiento de los alimentos. Si bien algunos de los platos más conocidos son el típico o sashimi (pescado crudo), tempura (verduras fritas) o suki-yaki (especie de potaje de carne con verduras y algas cocinado por los propios comensales en el momento), Japón también posee una amplia variedad de deliciosos platos de carne como yaki-tori (pinchos de pollo) o shabu-shabu (verduras y carne en tablas con diferentes salsas). Junto a todo ello, el arroz cocido, e incluso la sopa de soja, se convierten en elementos presentes en toda mesa nipona que se precie.
Cha-no-Yu
Aunque te cueste pronunciar su nombre, y mucho más saber lo que significa a simple vista, Cha-no-Yu hace mención a la legendaria ceremonia del té de la que todos hemos oído hablar en alguna ocasión. Para que comprendas la importancia tanto de la bebida como del momento en sí, te bastará saber que Japón cuenta con escuelas en las que se ofrecen los conocimientos necesarios para llevar a cabo esta ceremonia con éxito, aprendizaje que puede durar incluso meses.
El rito consiste básicamente en preparar té verde según un protocolo, realizado normalmente en habitaciones decoradas al más puro estilo japonés. La persona encargada de elaborar la bebida emplea una tetera donde hierve el agua, una cuchara de madera de bambú para remover la mezcla, unos cuencos donde servirá el líquido y un recipiente para colocar el agua que sobre y los utensilios una vez que hayan sido utilizados. Cada movimiento que se realiza está perfectamente ensayado, incluido el tiempo que hay que emplear para llevar a cabo las fases de la ceremonia. El primero en recibir el cuenco es el invitado principal al acto. Éste debe recoger el recipiente girándolo 180 grados en el sentido de las agujas del reloj, tomar dos o tres sorbos y pasarlo al siguiente comensal hasta que todos hayan bebido de él. Aunque éste suele ser el procedimiento más habitual, existen ocasiones en las que cada invitado bebe de su propio bol. En estos casos, una vez bebido el té, se gira otros 180 grados y se realiza una reverencia en señal de agradecimiento.