© Copyright Pf Ediciones. Queda completamente prohibida la reproducción total o parcial de imágenes o contenidos de esta web.    4 de septiembre de 2010
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Confidentes

Las letras del destino

Por Rocío Alcántara López
Última actualización 07/03/2009@13:25:48 GMT+1
Pausado y sonriente. Así nos recibía Antonio Gala en el marco inigualable de su Fundación, una mañana de invierno en la que las gélidas temperaturas de su amada Córdoba desaparecían gracias a la calidez y cercanía de la voz del que se ha convertido en uno de los referentes más claros de la literatura española. Durante nuestro encuentro pudimos compartir las reflexiones de alguien que, desde muy joven, luchó por encontrar su verdadero camino y que, tras muchos años de trabajo y éxitos atesorados, hoy guarda en lo más profundo de su ser la satisfacción por un trabajo bien hecho.
Antonio Gala es el escritor vivo más leído. Una afirmación que suena casi a sentencia y que puede llegar a asustar ¿Qué importancia tiene el éxito para usted?
Verdaderamente ninguna. Aunque sí debo reconocer que lo considero un claro testimonio del cariño de la gente. Mis libros constituyen el único punto de unión entre nuestras vidas. Adoro a mis lectores y eso me hace vivir para ellos. A pesar de este amor, he de decir que los quiero en conjunto; uno a uno les tengo más miedo.

¿Para qué sirve la literatura?
En mi caso ha servido para cumplir un destino que estaba claro y que no podía estar dedicado a otra cosa que no fuera escribir. Supongo que para cada lector tendrá una utilidad diferente. Cada día recibo una media de 115 cartas, de las que un 30% han sido escritas por personas que se encuentran solas. A la gente que vive en soledad, es decir, que se siente sola y que verdaderamente lo está, aún le queda la esperanza. Sin embargo, a aquellos que se sienten solos estando acompañados, sólo les queda la desesperación. La literatura es muy buena compañera. A veces sirve para subrayar la soledad, a veces para aliviarla. A todos los que sientan desesperanza, a quienes busquen su sino en la vida, a quienes hayan creído encontrar su camino… a todos los insto a hacer lo mismo que la protagonista de Los papeles de agua: irse lejos, correr. El destino los buscará. Cuando nos empeñamos en buscar nuestro propio destino probablemente nos equivoquemos.

Su yo me hubiera resistido al destino de escritor, estoy absolutamente convencido de que hubiera sido muy desgraciado. De hecho, estudié varias licenciaturas, doctorados, e incluso aprobé las oposiciones a Abogado del Estado porque mi padre así lo deseaba y creí necesario corresponderle. Cuando por fin aprobé las oposiciones, recuerdo que lo llamé a Madrid y le dije: “Ya he cumplido contigo, ahora déjame”. A mi padre le costó mucho trabajo comprender mis deseos de escribir porque no lo consideraba una profesión seria. Después, ingresé en la Cartuja y ellos sí que se dieron cuenta de mis inquietudes, de que mi voz no era su silencio. Y la abandoné.

¿Cómo hay que leer a Gala?
Creo que la lectura de mis novelas no debe realizarse sólo con respeto, sino con alegría porque en realidad no acaban demasiado bien. Mi teatro, sin embargo, es más simpático; por ello, no es extraño que tenga éxito o que lo haya tenido en un momento determinado. En estos momentos, son muchas las voces que dicen que el teatro español pasa por un momento de oro; y nada más lejos de la realidad.
Los lectores deben enfrentarse a mis novelas de una manera natural, cariñosa y abierta, tal y como ha sido escrito este libro, del que yo no soy el autor. Esta obra ha sido dictada por una protagonista mandona que incluso llegaba a despertarme por las noches para decirme que debía revisar lo escrito el día anterior. Simplemente he sido el amanuense de Deyanira Alarcón.

En sus obras todos sus personajes suelen buscar su verdadero yo, ¿considera que ésta es la búsqueda más importante de la humanidad?
Sí, la búsqueda personal es el auténtico hallazgo. Yo creo que la vida se nos da justo para que nos encontremos y, desgraciadamente, hay quienes no se encuentran jamás. Por ejemplo, los chicos que están aquí en la Fundación saben cuál es su camino, pero eso no significa que no balbuceen a su llegada. Su destino es el arte, la creación en definitiva, pero deben escoger una senda determinada.

La búsqueda del destino es la gran odisea del ser humano. Hay quienes mueren sin encontrarlo, hay quienes lo encuentran y hay quienes no tienen valor suficiente para afrontarlo.

¿Es la frialdad uno de sus encantos?
Es cierto que quizás sea algo frío. Nunca he buscado la felicidad porque no creo en ella. Me parece que nos damos cuenta de los felices que hemos sido cuando ese sentimiento desaparece. Es posible que esta actitud me haya dado serenidad y que ésta sea la que me haga parecer frío. Pero realmente no lo soy.

Parece conocer todos los entresijos del mundo femenino a la perfección ¿Cómo ha llegado a comprender tan bien la manera en la que piensa y siente una mujer?
Primero porque siento predilección por la parte femenina de la humanidad. La mujer me parece mucho más generosa, más profética, mucho más entregada. El universo masculino es, sin embargo, mucho más pequeño, más limitado. Además, mis principales amigos son mujeres. Ellas son las que me han enseñado todo esto. Las conozco bien y sé que son capaces de todo.

¿Qué aprendizaje le gustaría que el lector sacase de su última obra, Los papeles de agua?
Me gustaría que fuesen valientes y capaces de exponerse a su destino, de renunciar a aquello que no les satisfaga o que no les haga sentirse cómodos con sus vidas.

Deyanira Alarcón consigue resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix gracias al empuje que le otorga el amor ¿Cree que este sentimiento es el motor que propicia el funcionamiento de todas y cada una de las piezas que conforman el engranaje del mundo en el que vivimos?
Creo que verdaderamente no sabemos si es así o no. Me parece que somos producto de una evolución y que si seguimos en este camino llegará un momento en el que todo será muy diferente. Ahora las cosas que nos rodean son cada vez más sofisticadas. A pesar de eso, yo, por ejemplo, no utilizo ni Internet ni ninguna de las muchas tecnologías existentes. Continúo escribiendo a mano porque es la única manera en la que siento fluir lo que tengo dentro. Los Papeles de agua, que tiene un número de páginas muy fácil de recordar, 456, la he escrito en 80 holandesas por un solo lado.

En un párrafo del libro, la protagonista dice: “Lo que sí tengo claro es que no escribiré nunca más para que me lean –eso lo juro-, sino porque sienta la necesidad de hacerlo.” ¿Usted concibe esa idea de escribir simplemente por mero placer y no para publicar? ¿En qué momento de la vida de un escritor puede surgir este pensamiento?
Ella tiene un destino muy claro, escribir como yo. Nunca podría dejar de escribir porque se traicionaría a sí misma. Pero sí puede impedir que se publique, por eso el nombre de Los papeles de agua. Deyanira escribe pensando en tirarlo todo a los canales para que nadie jamás pueda leerlo. Alguien la traiciona y finalmente todo sale a la luz.

En mi caso, sí hay cosas que no publicaría. Pero sí, podría escribir sin publicar. De hecho, la poesía me resistí a publicarla en un primer momento. Y después, creo que hice bien al sacarla a la luz porque considero que ha hecho mucho bien. La poesía es como un susurro, es quizás lo que tiene menos mérito y parece, si embargo, lo más difícil porque es producto de la inspiración y no del sudor del trabajo. Es necesario tener un oído fino para escucharla y luego fino y armonioso para escribirla. Poesía y profecía tienen la misma raíz, y una profecía que no sea clara no sirve para nada. Con la poesía ocurre lo mismo.

Usted ha subrayado que Deyanira es el único personaje femenino de todas sus obras que lo enamoraría ¿Qué tiene ella que no tengan Desideria Oliván, Minaya Guzmán, Clara Ribalta o Palmira Gadea?
Deyanira es mucho más valiente. Nace en Alhaurín El Grande, localidad malagueña donde tengo La Baltasara y su elección se ha debido a mi deseo de hacerle un pequeño homenaje a este rinconcito de Andalucía. Es una mujer con una fortaleza tremenda a la que reconocería enseguida si me la encontrase por la calle. Y me enamoraría de ella. Pero estoy absolutamente convencido de que ella no sentiría lo mismo por mí. Además, observa que, a pesar de serlo, a ella nunca se le ocurriría definirse como una mujer bella. Y eso es algo que me gusta muchísimo.

Dicen que las mejores obras se obtienen de momentos de soledad, desengaño, desamor, etc. ¿Cree que el artista tiene que ser infeliz para conseguir crear grandes obras?
No, en absoluto. Hay poesías en las que, por ejemplo, la tristeza y el abandono las convierten en textos llenos de hermosura. Es cierto que para el escritor manifestar el dolor es de gran utilidad porque le ayuda a aliviarlo, y al lector, a su vez, le sirve de compañía. Pero no creo que las grandes obras nazcan de la infelicidad. Cuando comencé a escribir esta obra llegó un momento en el que sentí la necesidad imperiosa de interrumpirla para comenzar con una idea que me rondaba en la cabeza desde que tenía siete años. Así fue como nació El pedestal de las estatuas. Una vez que me deshice de ese ‘embarazo urgente’ retomé a Deyanira con un placer extraordinario.

Hay escritores que consiguen escribir sus obras a base de trabajo y empeño constante y hay escritores que lo consiguen fundamentalmente gracias a la inspiración. ¿En qué grupo se incluye Antonio Gala?
Desde luego que creo en la inspiración, pero confío firmemente en el trabajo. La inspiración te da el empuje necesario para comenzar a escribir una novela, te indica el camino que debes tomar para no equivocarte, pero su realización es cuestión tuya. En mi caso, hago un importante trabajo físico que se traduce en que tenga las manos destrozadas de tanto escribir.

Es obvio que hay escritores de todo tipo. Un ejemplo son los atormentadores de sí mismos, los que dan lo mejor casi con sangre, cuando están sufriendo. Pero yo no lo creo así. Escribir es algo que te alegra porque sabes que estás haciendo lo que debes. En ese sentido yo no soy perezoso. Y creo que todo el que lo es siente al trabajar un cosquilleo interno de satisfacción. Cuando al acabar el día ves que tu esfuerzo ha sido fructífero, no por el número de folios que hayas escrito, sino porque eres consciente de que has cumplido con tu obligación, sientes una satisfacción que es, probablemente, incomparable.

Usted fue galardonado con el Premio Planeta por su primera novela, El Manuscrito Carmesí, en 1990. Recientemente Luis María Anson publicaba en una columna que la concesión del comercial galardón no era más que una farsa al ser conocido el premiado, tanto por el Jurado como por los candidatos, antes de hacer pública la decisión final. ¿Qué consideración le merece tal acusación?
No sé si siempre será así. Supongo que, en ocasiones, su concesión se sabrá de manera aproximada. Quizás en un premio como el Planeta, que no es de investigación, conviene que el agraciado sea alguien conocido. A mi no me pidieron la novela para darme el galardón porque de haberlo hecho no hubiera llegado a tiempo. Tardé mucho en escribirla porque, al ser mi primera novela, quería cerciorarme de que estaba tratando el tema de la manera más correcta posible. En aquel momento era fundador y presidente de la Asociación Hispanoárabe y recuerdo que una noche reuní en mi casa en una cena a nueve embajadores árabes y les trasladé mi decisión de escribir sobre Boabdil. En ese instante se hizo un silencio asolador porque no hay nada escrito sobre este personaje. ¿La causa? Al-Ándalus es lo más importante que hay en la vida de un mahometano y Boabdil el Chico fue el que entregó lo último que quedaba de ese reducto de gloria.

Cuando escribí el Manuscrito Carmesí fue Terenci Moix quien me dijo que tenía que presentarla al Premio Planeta. En aquellos momentos yo me encontraba escribiendo teatro y era, sin duda, la mejor entrada al mundo de la novela. Lo mío era la novela y la poesía. Además, creo que mi padre tuvo mucho que ver en la concesión del Premio Planeta. Yo ya había conseguido el Calderón de la Barca por Los verdes campos del edén -aunque no fui yo el que llevó la obra al concurso sino Félix Grande y Paca Aguirre- y sé que mi padre no quería que consiguiera sólo un premio. Y desde entonces no he podido dejar atrás el mundo de la novela. Recuerdo que cuando tenía cuatro años y medio mi ama me castigó sin salir y me puse a escribir una cancioncilla de rodillas encima del sofá. Estando así llegó mi padre, me quitó el papel y tras leerlo me levantó el castigo. Cuando murió mi padre yo renuncié a toda la herencia a cambio de todos sus objetos personales. Entonces, en una cartera que él llevaba siempre consigo descubrí el textito que ese día me había quitado de las manos. La había conservado durante toda su vida. Por eso, creo que aunque me obligó a hacer otras cosas, siempre supo que lo que tenía que hacer en mi vida era escribir.

Bajo el lema ‘vivir para trabajar sin tener que trabajar para vivir’, creó en el año 2002 la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, por la que han pasado numerosos artistas pertenecientes a las más variadas disciplinas. Pero, ¿qué consejos les da especialmente a aquéllos que hoy sueñan con un mundo editorial que cada vez está más marcado por la envidia y avaricia?
Creo que más que por la envidia y la avaricia, el mundo editorial está marcado por la existencia de pequeños grupos. Está claro que, en ocasiones, se favorece a los escritores de gran éxito y se abandona a su suerte a los que no tienen la misma fortuna. A pesar de esto, recibo continuamente pruebas de que existen editoriales honradas, amantes de la literatura, que publican obras que quizás otras no sacarían a la luz. También hay obras en las que nadie confiaba y que se han convertido, de pronto, en títulos de gran prestigio.

Yo sé que Los papeles de agua está teniendo un éxito abrumador, pero soy consciente de que el nombre que lleva arriba lo garantiza. Eso es algo muy distinto. El reconocimiento de la obra no va asociado a la Editorial Planeta, sino al hecho de que Antonio Gala es un escritor al que los lectores quieren mucho. Entre los lectores y yo existe una historia de amor, que dura ya muchos años.

Durante los últimos años, el mundo de la comunicación se ha ido configurando como una especie de ‘telaraña mediática’ en la que los medios no vienen sino a reforzar el sistema de mercado en el que vivimos a través de sus mensajes ¿En qué medida considera que la literatura es partícipe de todo este entramado?
Mi literatura no participa de esta situación, desde luego. Y realmente ni siquiera sé si la literatura toma parte de ella o no. Hay novelas que se escriben con una clara intención, por lo que una literatura teledirigida quizás sea proclive a participar en el entorno. Además, por otra parte, es obvio que el mundo de la comunicación ha incorporado en las últimas décadas multitud de elementos literarios a su vida cotidiana.

Cuando he escrito para algún medio en concreto, siempre he tenido muy claro qué era lo que realmente quería hacer. Sin embargo, he de decir que las adaptaciones que se han hecho de mis novelas al cine son muy desagradables de ver. Recuerdo el ejemplo de La Pasión Turca. No quise que se estrenara e incluso llegué a obligar que se rodaran dos finales. Coincidiendo con su estreno, hicimos un debate en televisión de la mano de Mercedes Milá y realmente no reconocí mi novela en la película de Aranda. No he tenido mucha suerte con el bilingüismo de la literatura.

También he escrito series para televisión, por las que he conseguido dos veces el Premio Japón, que es la recompensa más importante en el mundo de la pequeña pantalla. Además, tengo una colaboración diaria en un periódico de derechas y todo el mundo sabe que yo milito en la izquierda. Con todo esto lo único que quiero decir es que la literatura puede servirnos para expresar ideas políticas o económicas, y no por eso tiene que dejar de ser literatura.

Ha cultivado todos los géneros literarios posibles, incluidos el periodismo, el relato, el ensayo y el guión televisivo. Ha sido galardonado con numerosos premios, no sólo en el ámbito de la poesía, sino también como resultado de su valiosa contribución al teatro y la ópera. Además, su firma como articulista es una de las más prestigiosas de España. ¿Qué le queda por conseguir?
La muerte. Cuando tenía quince años, un Catedrático de Derecho Romano nos hizo escribir nuestro epitafio. ¿Y sabes cuál era el mío?: “Murió vivo”. Y lo sigue siendo. Eso es precisamente lo que quiero. Me parece que la vida tiene que ser eso justamente, vida, y que hay que morir vivo. Quiero morir entero, y si puede ser escribiendo mucho mejor. Eso es lo que me falta.
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  • Antonio Gala

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    112 | Manuel - 08/08/2010 @ 20:02:28 (GMT+1)
    Hola soy un super admirador de Antonio Gala, del cual creo que tengo todos sus libros. Me encantaría poder verlo y que me firmara algún libro de los tantos que tengo suyo. Creo que el verano lo pasa en Alhaurin el grande, si me pudierais enviar donde va a asistir o si tiene previsto alguna charla en cualquier parte me gustaria saberlo. Mi correo es: manubarrera67@hotmail.com. Muchas gracias, un saludo.
    P.D: NO SE SI ESTA ES LA MEJOR MANERA PARA IMFORMARME SOBRE ESTE TEMA, SI NO ES ASI ME GUSTARIA SABER A DONDE ME PUEDO DIRIGIR.
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