La prensa soviética de los años setenta la bautizó como la Dama de Hierro y ella hizo honor a ese sobrenombre gobernando el Reino Unido con puño de acero a lo largo de once años (1979-1990), todo un récord durante el siglo XX. La pequeña ciudad de Grantham, al este de Inglaterra, veía nacer el 13 de octubre de 1925 a Margaret Thatcher. Sus biógrafos coinciden en afirmar que el fenómeno Thatcher se origina verdaderamente en la estricta educación que recibiera la joven en su casa familiar, donde su padre, Alfred, propietario de un pequeño almacén distribuía su tiempo entre el templo metodista y el Consejo Municipal.
Tras realizar estudios primarios y secundarios en un colegio de su ciudad natal, la ex primera ministra británica ganó una beca para estudiar en el Somerville Collage, de la Universidad de Oxford, donde, además de obtener una licenciatura en ciencias naturales con especialización en química, consiguió un doctorado en artes, presidiendo la Asociación Conservadora. Además, trabajó como abogada tras su casamiento, en 1951, con Denis Thatcher, un empresario local que dirigía su empresa familiar antes de convertirse en ejecutivo de la industria petrolera.
La Gran Dama Tras un duro caminar por el mundo de la política, en el que pasó por cargos tan dispares como el de Ministra de Educación, su empeño por lograr una oportunidad para disputar un escaño del Parlamento en nombre de su partido le llevó dos lustros. A pesar de que 1975 se considera el año de su despegue en el mundo de la política, no sería hasta cuatro años después cuando se convertiría en la inquilina del número 10 de Downing Street. A partir de esos instantes, su tutela se transforma en claro y preciso dominio de una mujer que posee un estilo muy particular de la contradicción y el compromiso. Y, donde una vez diría al Times de Londres: “Estoy a favor del consenso… El consenso de lo que quiero hacer…”
Durante su mandato, estudió minuciosamente y remodeló cada aspecto de la vida política del país, consiguió, tras muchos esfuerzos, revitalizar la economía y reformar las instituciones anticuadas, consiguiendo, así, dar un giro radical a la política exterior de la nación. Además, fue capaz de desafiar la psicología del declive que había echado raíces en el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial, persiguiendo la recuperación nacional con sorprendente energía y determinación. Uno de los momentos claves fue 1982, cuando Argentina decidió que era el momento de recuperar las Islas Malvinas. Este hecho, considerado por los ojos británicos como una atroz invasión de su territorio, hizo a Thatcher reaccionar con celeridad, enviando a los pocos días del incidente una fuerza naval con el objetivo fundamental de recuperar el control de las Islas. A pesar de las dificultades logísticas a las que tuvo que hacer frente en el camino, la empresa resulto exitosa, hecho que produjo en el Reino Unido una ola de entusiasmo patriótico sin precedentes hasta el momento, lo que redundó en un aumento considerable de su popularidad como primera ministra.

Por raro que parezca, aunque en sus inicios era partidaria de la discriminalización de la homosexualidad, Maggie (apodo con el que la llamaba sus detractores), en una conferencia al Partido Conservador en 1987 declaró que “los niños que necesitan ser enseñados a respetar los valores de la moral tradicional están siendo enseñados que ellos tienen el derecho irrenunciable de ser gays”. Los miembros del parlamento conservadores situados en escaños de la parte de atrás, reaccionaron violentamente en contra de la ‘promoción’ de la homosexualidad.
A pesar de no haber podido disfrutar de todo el clamor popular que le hubiera gustado (las subidas y bajadas de su popularidad fueron frecuentes durante sus mandatos), críticos y admiradores reconocen que el liderazgo de Thatcher consiguió escribir uno de los períodos más importantes de la historia británica. Sus deseos de ver crecer la Nación que la vio nacer y su talante disciplinado a la hora de afrontar su trabajo, la hicieron ganar gran prestigio a lo largo de la década de los años ochenta, llegando, incluso, a conseguir el reconocimiento de sus críticos más voraces. De hecho, su efecto sobre los términos del debate político aún puede contemplarse en esta esfera. Tanto si se convirtieron al ‘Thatcherismo’, como si simplemente se vieron obligados a endulzar el discurso a su electorado, la dirección del Partido Laborista quedó transformada durante su mandato propiciando el nacimiento del Nuevo Laborismo de Tony Blair que, sin ella, nunca habría llegado a existir.

Dimitió como Primera Ministra el 28 de noviembre de 1990. John Major la sucedió manteniéndose en el puesto hasta las elecciones de mayo de 1997, momento en el que Tony Blair se convirtió en el nuevo dirigente de la nación.
De Dama de Hierro a Frágil DamaPoco podía imaginar la Dama de Hierro cuando luchaba por el bienestar de su país que, algún día, se convertiría en una anciana que, sin saber cómo ni por qué, comenzaría a olvidar todos y cada uno de los recuerdos atesorados durante tantas décadas en su memoria. Ahora, ni siquiera puede mantener una charla superficial, no sabe dónde vive, confunde el conflicto de Bosnia con la guerra de las Malvinas y se olvida una y otra vez de la muerte de su marido.
Dueña de una memoria legendaria y de una autoridad que muy pocos se atrevían a cuestionar, hoy Margaret Thatcher es, simplemente, una sombra de sus días de gloria.
Para saber másDurante su mandato como Primera ministra de Reino Unido se acuñó el término ‘thatcherismo’ para referirse a los puntos ideológicos principales que guiaban su política. Así, en términos generales fue definido como una combinación de libertad económica, valores cristianos y conservadores tradicionales, patriotismo británico y una firme adhesión a Estados Unidos y a otros países de la misma cuerda ideológica dentro del mundo angloparlante.
Lo dijo:- Cualquier mujer que entienda los problemas de llevar una casa está muy cerca de entender los de llevar un país
- Vale la pena conocer al enemigo… entre otras cosas por la posibilidad de que algún día se convierta en un amigo
- Nadie recordaría al buen samaritano, si además de buenas intenciones no hubiera tenido dinero
- En cuanto se concede a la mujer la igualdad con el hombre, se vuelve superior a él
- La misión de los políticos no es la de gustar a todo el mundo
- Vivimos en la era de la televisión. Una sola toma de una enfermera bonita ayudando a un viejo a salir de una sala dice más que todas las estadísticas sanitarias