Son muchas las mujeres que a lo largo de la historia han conseguido, por una u otra razón, hacerse un hueco y pasar a la posteridad. Desde las páginas de Mujer Innovadora te presentamos las vidas de Marilyn, Grace y Brigitte, tres miradas de un mismo mundo, que mucho y poco tienen que ver.
Un diamante en bruto
Convertida en el mito sexual más codiciado de los años cincuenta, Norma Jean, más conocida como Marilyn Monroe, consiguió ser adulada por buena parte de la crítica y venerada casi ritualmente por toda una generación de cinéfilos fascinados, que gracias a ella llegaron al feliz descubrimiento del sexo. En contra de los que muchos pudiesen pensar y a pesar de haber tenido una desigual filmografía y no haber sido nunca nominada al Oscar, la tentación rubia fue mucho más lejos que la mayoría de estrellas de cualquier época. Poco podría imaginar la ciudad de Los Ángeles aquel 1 de junio de 1926 que se convertiría en cuna de esa mujer capaz de hacer tambalear los pilares de la mismísima Casa Blanca. Tras varios años probando suerte en el mundo de la fotografía, apareció en más de 30 portadas, y haber participado en algunas películas con papeles secundarios, nadie quería apostar por ella a pesar de irradiar sensualidad. Ante las cámaras aparecía como una mujer fuerte y decidida pero, en realidad, padecía una inseguridad patológica. Esto unido a sus ausencias y retrasos de los rodajes provocaban grandes pérdidas a los productores que pronto comenzaron a exasperarse por su comportamiento caprichoso.
El salto a la fama
Niagara fue la película que la consagró a nivel mundial. Rodada en 1953 con todo lujo de medios, Marilyn apareció en pantalla con un traje de chaqueta rojo muy ceñido y caminando sobre unos tacones de vértigo que marcaban aún más el balanceo de sus caderas. Después de esta aparición, su carrera se disparó como una auténtica flecha. La siguiente película fue Gentleman Prefer Blondes (Los caballeros las prefieren rubias), dirigida por Howard Hawks, en clave de comedia musical, presenta uno de los cócteles sexuales más explosivos imaginables: la exuberancia de la morena Jane Russell delante del ingenuo atrevimiento de la rubia Marilyn. Después de este éxito, el nombre de la erótica rubia se colocó entre los diez más importantes de las celebridades de la vida americana, y es invitada a dejar impresas sus huellas en el cimiento del teatro húmedo del Teatro Chino. Muy pronto la Fox se daría cuenta de Marylin estaba destinada a ser su principal fuente de ingresos.
Cuatro años más tarde de convertirse en una de las estrellas más taquilleras del momento, Marilyn consigue cumplir uno de sus sueños. En el año 1957 funda su propia productora para, ilusoriamente, escapar de la tiranía de las multinacionales del cine. La Marilyn Monroe Inc., debutó con The Prince and the Showgirl (El príncipe y la corista). Paradójicamente, un año más tarde regresaría a Hollywood donde rodó varias películas. Sin embargo, las cosas no marchaban bien en su vida. Sus crisis personales se agravaban y entró en una etapa muy depresiva. La situación se agravó tanto que en e invierno de 1961 fue internada en un hospital para enfermos mentales. A pesar de los innumerables esfuerzos de la Fox porque volviese a ser lo que era, Marilyn ya no era la misma. En 1962 tuvo lugar, en Nueva York, la famosa gala de cumpleaños del presidente John F. Kennedy, en la que la actriz cantó el famoso ‘Happy Birthday Mr. President’, que se volvería tan célebre. Para acudir a la fiesta, Monroe se ausentó durante siete días del rodaje de Something ´s Got to Give, película en la que trabajaba en esos momentos, a pesar de que la Fox le exigió que se quedase para cumplir su contrato. Ante la negativa de la actriz, la compañía se vio obligada a despedirla por ‘violación voluntaria de contrato’ en junio de ese mismo año, poniéndole, al mismo tiempo, una demanda que ascendía a la astronómica cifra de un millón de dólares.
¿Quién mato a Marilyn Monroe?
A día de hoy, la muerte de Marilyn sigue recubierta de un halo de misterio. Fue encontrada sin vida por su criada, tendida sobre la cama desnuda y boca abajo, en su casa el 5 de agosto de 1962 a la edad de 36 años. Se sabe que aquella noche llegó a llamar a la Casa Blanca, y que el FBI borró todas las cintas con sus llamadas telefónicas. ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Complot? Trágico final para una estrella que, a pesar de su juventud, se encontraba, en opinión de Andy Warhol, en óptimas condiciones para convertirse en la “primera gran directora de la historia del cine”.
Diosa del amor
Hoy sabemos que detrás de aquella imagen desenfadada se escondía una mujer frágil, vulnerable, insegura, desdichada en su vida privada y, sobre todo, atormentada en sus relaciones amorosas. A pesar de haber tenido numerosos escarceos amorosos con hombres de su época, Marilyn Monroe estuvo casa sólo tres veces. Aunque Jimmy Dougherty, Joe DiMaggio y Arthur Millar fueron los que ocuparon su corazón de forma legal, parece que el que verdaderamente sintió un amor profundo por la actriz fue el segundo de sus maridos. Prueba de su gran pasión, durante más de dos décadas después de la muerte de Monroe, Dimaggio enviaba a su cripta seis rosas rojas tres veces por semana. Un auténtico amor de película.
¿Qué le pasaba a la princesa?
A pesar de la oposición familiar, Grace no quiso renunciar al sueño que desde pequeña había albergado en su cabeza: ser actriz. Así es que muy pronto decidió marcharse de su Filadelfia natal y emprender una nueva vida en Nueva York, donde alternaba su trabajo como modelo con sus estudios de interpretación en la academia nacional de arte dramático. Ya en 1951, con tan sólo 22 años y después de trasladarse a Los Ángeles para probar fortuna en el mundo del cine, consiguió su primer papel secundario. Gracias a la elegancia y delicadeza mostrada durante su interpretación, 1952 se convertiría en el año de su lanzamiento en Hollywood, al que entró de la mano de Gary Cooper y como protagonista del western Solo ante el peligro. Su siguiente película fue Mogambo, en la que compartió reparto con Clark Gable y Ava Gardner, le valió para convertirse en candidata al Oscar como mejor actriz de reparto. Sin embargo, el ansiado premio no llegaría hasta el año 1954, en la categoría de mejor actriz, por La angustia de vivir. Después de ésta se sucederían otras películas, que la convertirían, en los sólo seis años que duró su carrera cinematográfica, en uno de los grandes mitos del mundo del celuloide y en musa indiscutible del gran maestro Alfred Hitchcock.
¿Amor de película?
El seis de mayo de 1955 Kelly se cruzaría en su camino con el que la llevaría a convertirse en su Alteza Serenísima Gracia de Mónaco. Tres días después de pasar juntos las Navidades de ese mismo año, Rainiero de Mónaco y Grace se comprometían de forma oficial y fijaban su boda para el 18 de abril de 1956. A partir de ese momento, la aclamada actriz vería cumplido otro de sus anhelos: ser una gran dama fuera de la alta sociedad en la que se integraba su familia. Ahora le tocaba vivir su particular cuento de hadas…
A pesar de haber tenido tres hijos, Carolina, Alberto y Estefanía, y parecer vivir en un auténtico cuento de hadas, los rumores cuentan que sólo después de una serie de maquinaciones con los estudios cinematográficos, negociaciones financieras, pesados interrogatorios y exámenes médicos, se consumaron los planes de boda. Aunque su matrimonio y su vida oficial se proclamaban perfectos, los primeros años de convivencia fueron desastrosos, Grace no conseguía adaptarse a la rigidez del protocolo y prefería seguir manteniendo contacto con sus compañeros de escena. Dicen que nunca amó a Rainiero, que ese sentimiento surgió con el nacimiento de su primera hija, momento en el que pareció tomar conciencia de donde estaba y empezó a actuar verdaderamente como la más digna de las regentes de ese rincón del mediterráneo. Los monegascos también tardaron tiempo en aceptarla, pero su fuerza y poder consiguieron sin demasiadas dilaciones conseguir atraer la atención de todos los que la rodeaban. Intentó ocultar su soledad, sus frustraciones creativas, la posterior rebelión de sus hijos y sus dificultades matrimoniales apoyándose en el mejor de sus amigos, el alcohol. Tenía que ser la esposa perfecta y ser capaz de devolver a Mónaco el esplendor que en aquellos años comenzaba a faltarle.
Final de película
Inmersa en un complejo mundo interno, la princesa se debatía entre su pasión por volver a la gran pantalla y sus obligaciones como soberana. Lo último que se conoce sobre su posible vuelta al cine fue el ofrecimiento por parte de Hitchcock de representar el papel protagonista en Marnie. El guión había sido escrito a la medida exacta de la princesa, todos los detalles habían sido calculados para conseguir su lucimiento. A pesar de esto, fue Tippi Hedren fue finalmente la que encarnaría el papel. La causa: la oposición total por parte de Rainiero. A partir de ese momento, la vida de Kelly se oscureció aún más, empezó a caer en una oscuridad de la que ya nunca más saldría.
Los desencuentros con su hija pequeña, Estefanía, cada vez se hacían más frecuentes. El 13 de septiembre de 1982 ambas mantenían una acalorada discusión y se montaban en un Rover que las llevaría de nuevo a Mónaco. Hacía una mañana espléndida y todo lo que se sabe es que pasadas las 9:30 el coche se salió de una curva donde la velocidad estaba limitada a 20 kilómetros por hora, cayendo por un barranco hasta llegar a las tierras de Sesto Lequio. Al igual que ha ocurrido con muchos personajes famosos del celuloide, la muerte de Grace arroja múltiples interrogantes, lagunas sin profundizar… ¿razones? Para llegar a esta meta existe una única dirección, las causas por las cuales no está claro el trágico accidente, se deben principalmente a razones de estado. Nunca se ha esclarecido si era la princesa la que conducía, tampoco se le practicó la autopsia y el coche fue trasladado después de accidente al garaje privado del palacio monegasco bajo fuertes medidas de seguridad. Su Alteza Serenísima la Princesa Grace de Mónaco moría el 14 de septiembre de 1982 sin recobrar el conocimiento en el centro hospitalario que llevaba su mismo nombre. Tan sólo tenía 52 años. El príncipe Rainiero nunca pudo superar la muerta de su esposa.
Curiosidades de la vida
En la misma carretera que veintisiete años antes compartiese un picnic con Cary Grant en la película Atrapa a un ladrón, Grace Kelly encontraba la muerte dejando a una familia que, a pesar de los años, no ha logrado superar la pérdida de una de las mujeres más carismáticas de su época.
Simplemente BB
Ojos color avellana, boca golosa, talle de avispa. Y grandes dosis de picardía, ingenuidad, astucia, candidez y audacia. Mucho más que una actriz, Brigitte Bardot, más conocida como BB, es una mujer que poco tenía que ver con las féminas de su época. Anhelada por millones de espectadores en la década de los 50 y 60, la modelo y actriz encarnó uno de los mitos eróticos más legendarios de la historia del cine. Nacida el 28 de septiembre en el seno de una acomodada familia burguesa, y presuntamente como Camilla Caval, la sensualidad y belleza de Brigitte ya comenzaron a mostrarse en la adolescencia. Trabajó como modelo hasta que su físico logró llamar la atención de los productores y directores cinematográficos galos. Su primera incursión en la gran pantalla fue en 1952 de la mano de Jean Boyer en la película Le Trou Normand. Ese mismo año se enamoraría de Roger Vadim con quien se casaría varios meses después y que la lanzaría al estrellato en 1956 con la película Et Dieu créa la femme. Aún hoy se recuerda la famosa escena de Brigitte bailando descalza sobre una mesa como una de las más eróticas de la historia del celuloide. A pesar de que esta película la consagró con muchísimo éxito, le acarreó grandes problemas en su vida matrimonial, lo que significó su ruptura con Vadim. Sin embargo, pronto se le descubrió un romance muy breve y contradictorio con el protagonista de la película, Jean-Louis Trintignante, con quien convivió después de pedirle el divorcio a su marido.
Centro de atención
Bardot es una de las pocas actrices europeas que más atención ha recibido por parte de los medios de comunicación estadounidenses. Así, cada vez que hacía una aparición pública en los Estados Unidos era perseguida por una borde de periodistas que tomaban nota de todos y cada uno de sus movimientos. Su primera película en EEUU fue Un acte d´amour, coprotagonizada por Kira Douglas. Un año después se representó a sí misma en Dear Brigitte con James Steward. Sin embargo, a pesar de sus dificultades con el inglés, la actriz fue doblada en muchas de sus películas.
Con tan sólo 39 años y a pesar de haber filmado más de 60 películas y haber sido fotografiada más de 60.000 veces, la musa del erotismo anunció su retirada del mundo del cine. Sus gestos, tan personales, estaban llenos de una sensualidad que no dejaba a nadie indiferente. Su cuerpo hablaba en las fotografías, parecía buscar complicidad y picardía en el espectador.

En 1962 se decidió a contar su vida en televisión. Gracias a ella estallaron las audiencias. El mito no había muerto. Desde su retirada, Birigitte ha vivido en progresiva reclusión y dedicada de lleno a sus campañas en defensa de los animales. Ahora, la actriz posee en su casa una amplia colección de animales recogidos o comprados a sus expropietarios, que los maltrataban. Su compañía le sirvió para paliar su soledad hasta que conoció a su actual marido, Bernard D´Ormalo, un político de ideas discutidas en Francia. Hoy es él el que la protege de esa soledad aterradora que la recorrió durante toda su vida y le ha devuelto las primaveras que un día creyó perdidas.
Efecto sociológico
A estas alturas ya nadie duda de que Brigitte Bardot se convirtiera cuando aún era muy joven en un auténtico ídolo de masas. Y el fenómeno de su enorme éxito pertenece más bien al dominio de la sociología, del estudio de las costumbres y del comportamiento de las multitudes, que a la estética o a la historia del arte. Gozó de una popularidad sorprendente. Durante años, las jovencitas se peinaron, vistieron y maquillaron como ella. Sus películas producían al país tantas divisas como la industria del automóvil. Su popularidad era tal, que se la recibía en los festivales a los que acudía con aviones que escribían sus iniciales en el cielo y una tropa de policías la protegía.